Tareas en tiempo de pandemia: una cuestión emocional

A más de cuatro meses en cuarentena producto de la crisis sanitaria, los jardínes y las escuelas se han esforzado en suplir de forma virtual algunas de las labores académicas de los niños y niñas del país. El esfuerzo de elaborar, enviar y realizar material pedagógico para ser desarrollado en las casas, se vuelve una realidad. Es por esto que debemos preguntarnos y analizar en qué se fundamenta el envío de tareas a los hogares, y si estas efectivamente responden a las necesidades y objetivos para las que fueron diseñadas. Asimismo, puede ser positivo y no está demás reflexionar acerca de la educación que le estamos entregando a niñas y niños, y si esta está efectivamente siendo un proceso de enseñanza y aprendizaje eficaz y real.

No es sopresivo ni extraño  afirmar que el resultado de la  mayoría de las tareas  que son realizadas en casa llevan a vivir situaciones de estrés en madres, padres y niñas/os. El estrés académico debe ser un elemento a considerar cuando se pretende reflexionar sobre el quehacer pedagógico, pues hoy en día sabemos los efectos negativos que conlleva pretender realizar un proceso de aprendizaje, bajo este fenómeno. Sin embargo, esto se vuelve aún más preocupante si nos detenemos en el nivel inicial, la educación parvularia. Si nos enfocamos en los párvulos, podemos ver que todas esas guías de caligrafía, grafomotricidad, suma, resta y un sin fin de actividades logran, en primera instancia, que el niño/a tome las hojas, las cuente, y muchas veces transmita su frustración y se resista a su realización. Y si quisieramos entrar en la logica escolarizada, tambiés es una responsabilidad entender lo que nos menciona Noble (2015) acerca de los altos niveles de estrés, puesto que estos pueden explicar algunas de las  limitaciones en el desarrollo normal de un cerebro infantil.

Esta resistencia y rechazo por parte de las niñas y niños no puede ser respondido con reacciones que vayan a agredirlos o apuntarlos con el dedo. Más bien, debemos ser capaces de entender y analizar el por qué del rechazo a la realización de tareas. De otra manera, no seremos los adultos los orientadores que debemos ser y solo estaremos canalizando la responsabildad en esa niña o niño que aparte de hacer esfuerzos potentes -para no decir sobrehumanos, en mantener su cabeza tranquila en medio de toda esta incertudumbre – deben responder de forma descontextualizada a los deberes que se le envían.

¿No será mejor pensar en que es lo que necesitan nuestros niños hoy? ¿Son las materias tradicionales las herramientas que necesitan para enfrentar su nueva realidad? ¿Cómo incorporamos las evidencias acerca de la relevancia que tiene un buen manejo emocional en los procesos de aprendizaje? Durante estos ultimo años se ha comprobado la estrecha relación que tiene el sistema cognitivo y el sistema límbico o emocional.  El primero, lo entenderemos a grandes rasgos como el encargado de los procesos mentales en la adquisicion de nuevos conocimientos. Y el sistema límbico, como el responsable de nuestras conductas emocionales, pues su estructura anatómica es la encargada de procesar y regular nuestras emociones. Es importante comprender esta relación y otorgarle la importancia que se merece pues solo bajo una emoción positiva es posible desarrollar un proceso de aprendizaje. ¿Están nuestras niñas y niños emocionados positivamente, por lo tanto curiosa/os y tranquila/os, de aprender las tareas que se les envían? ¿El problema está en la/os niña/os o más bien en el diseño tradicional de las tareas aplicadas en este contexto?

Por tanto, el desafío radica en diseñar y planificar experiencias pedagógicas que les permitan a las niñas y niños trabajar competencias emocionales básicas para su bienestar actual y futuro. Debemos pensar en estrategias para que los párvulos adquieran y desarrollen una conciencia emocional (conocer las propias emociones y las de otros), regulación emocional (saber dar una respuesta apropiada al contexto) y autonomia emocional (posibilidad de no afectarse seriamente por estímulos que se encuentran en el entorno).  La pregunta que queda para ser reflexionada  es: ¿cómo generamos emociones positivas en los niños y niñas que permitan mantener su capacidad de asombro y, por tanto, hacer que fluya el proceso de aprendizaje?

Por Antonia Rey, pedagogía en educación parvularia, PUC

 

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