El ocaso del presidente, la debacle de nuestro Luis XVI

Durante este último tiempo es inevitable ver a Sebastián Piñera y no imaginar a los reyes del viejo mundo a fines del siglo XVIII, quienes estaban más preocupados de mantener su sistema político y sus gigantescos privilegios, que de escuchar las necesidades de su pueblo y velar por el bienestar de sus naciones. Tal es el caso de Luis XVI, quien fuera rey de Francia entre 1774 y 1789, era, según los libros de historia, falto de liderazgo y muy resistido tanto como por los nobles como por El Pueblo (Tercer Estado). En 1788 intentó eliminar la exención tributaria de la que gozaba la Iglesia (Primer Estado) y la Nobleza (Segundo Estado) para paliar la crisis económica que por esos años afligía al reinado, acompañada de una terrible hambruna en los pobladores ajenos al privilegio, provocada principalmente por una mala cosecha de aquel año, creaban la tormenta perfecta. Esto no cayó bien en los sectores acomodados, quienes no accedieron a las nuevas reglas del rey, viéndose obligado en 1789 a buscar una salida a la problemática llamando, por primera vez desde 1614, a los Estados Generales, cuerpo que incluía al Tercer Estado. Esta asamblea decantó en una Asamblea Nacional debido a la sordera, por parte de la corona y la nobleza, ante la solicitud del Tercer Estado de establecer el derecho del voto por cabeza, en pos de mayor representatividad para los más desvalidos. Luego esta Asamblea Nacional pasó a llamarse Asamblea Nacional Constituyente la cual se comprometió, bajo el “Juramento del Juego de Pelota”, estar unidos hasta dar una constitución para Francia. Este acto fue visto como una amenaza para el rey y la burguesía, los cuales como respuesta destituyeron al ministro de finanzas, Jacques Necker, quien tenía una mayor comprensión y cercanía con el Tercer Estado que el promedio burgués. 

Acto seguido, se suscita la Toma de la Bastilla, nace el movimiento campesino el Gran Miedo (“Grande Peur”). La suma de estas acciones directas dan como resultado final la abolición de los derechos feudales, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y por último la Constitución Francesa la cual establece que la soberanía reside en la nación y no en el rey, poniendo fin al sistema totalitario feudal. Todo esto frente a los ojos de Luis XVI quien no pudo escuchar el clamor popular de mayor justicia social, mejor representatividad, así como la demanda por subsanar una necesidad tan básica como es el hambre, debido a su embriaguez de poder así como la de su entorno. Es así como surge la indolente y famosa frase de María Antonieta: “Si no tienen pan, que coman pasteles”. Acto final el 21 de Enero de 1793 el entonces ex rey de Francia es guillotinado por traición. Otra de las leyendas asociadas a este hecho histórico señala que la lealtad de sus sirvientes era tal que, tras ser ejecutado, todos se quitaron la vida.  

La pregunta que nace a partir de esta analogía es: ¿Cuál es la guillotina de Piñera? Comparemos hechos históricos: el Tercer Estado clamó (y lo sigue haciendo) por mayor equidad  y abolición de privilegios de la nobleza, Piñera destituyó a su Jacques Necker (Alza de $30 pesos del metro),  ocasionando la toma de la bastilla (nuestro 18 de Octubre) y terminando con el suicidio (renuncia) de su sirviente más leal, su primo Andrés Chadwick. A pesar de todo esto, el empresario sigue siendo el rey (Presidente) y el feudalismo sigue intacto (Modelo Neoliberal).

¿Hasta qué punto nuestra sociedad permite el pleno ejercicio de sus funciones a un presidente que es capaz de llegar a descomponer aún más una democracia ya deteriorada? Es que la situación no es fácil, qué validez tiene la destitución de un mandatario, que alcanzó el mínimo histórico de aprobación por un presidente en democracia (6% según última encuesta CEP), por un congreso, que está en peores condiciones de aprobación ciudadana (3% según la misma encuesta). Por lo tanto para que una próxima toma de la bastilla, que a todas luces será a causa de una negativa al retiro del 10% del sistema previsional, cuente de una vez por todas con el último acto, es necesario que el Tercer Estado se juramente no soltarse hasta derribar al Rey y junto a él el sistema feudal que los explota. Esa unión acérrima se debe traducir en una mayor participación ciudadana desde los territorios, que sean capaces de impulsar nuevos liderazgos para que refresquen y entreguen mayor representatividad al alicaído sistema político. Acompañado de una severa exigencia de transparencia a sus actuales y venideros dirigentes, para no dar espacio al más mínimo intento de corrupción y por último exigir, hoy más que nunca, una nueva constitución que nazca de este Tercer Estado, el cual durante estos más de cuatro meses que ha clamado por pan, se le ha invitado a rascarse con sus propias uñas con medidas tardías e insuficientes, pero eso sí, sin tocar a las AFP, porque tal acción va directamente en contra de los intereses de la corona. Esto mientras desde el palacio situado en el centro de Santiago, en una muestra más de su desconexión con sus gobernados, realizan una compra de alimentos gourmet, la cual incluye desde paté de jabalí hasta mousse de pato, en medio de la peor crisis humanitaria de los últimos 100 años. Maria Antonieta estaría orgullosa de ellos. Gobernados que ven una y otra vez declaraciones desafortunadas de la realeza, claro ejemplo de esto fue el ahora ex Ministro de Salud, quien reveló que: ”Hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía”. Y que además tiene que soportar como se le culpabiliza de forma sistemática de los pésimos resultados de una estrategia sanitaria fallida desde su concepción. Para que esto no siga sucediendo, para que de una vez por todas los intereses del 1% no primen sobre la del 99% restante, es necesario que el pueblo se tome y no se suelte más, para que así se concrete el tercer acto. 

Por Agustín Valdés, Ingeniero Civil Industrial, USACH

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